San Francisco de Javier, improvisado y único



Viernes, 03 de octubre

00:05 Abrí los ojos con violencia, queriendo saber dónde estaba, la flota estaba detenida. Asumí que todavía llegamos a Concepción ya que muy poca gente bajó, el vehículo empezó a avanzar, pasaron tres cuadras y divisé vagamente una construcción parecida a las iglesias que visitaba. Estaba en Concepción y la flota se dirigía a su terminal.

Cuatro cuadras, cinco cuadras, seis. . .trece cuadras, dieciocho y nada, la flota no se detenía y la carretera se hacía cada vez más oscura. Veinticuatro y el camino dejó de mostrar casas, ya no estaba en el pueblo, salí rápidamente de mi asiento, corrí por el pasillo para tocar la puerta que separaba el chofer de nosotros los pasajeros, golpeé, nadie abría, la flota no paraba. Cuando por fin abrieron les pregunté si ya habíamos pasado Concepción, escuche leves risas. Contestaron que no sólo pasamos Concepción, sino que estábamos en camino a Santa Cruz, el pueblo en el que paramos era San Javier. Concepción era mi penúltimo destino, San Javier el último, les dije que pararan, que no había problema, El motorizado tomó su tiempo para detenerse, estaba a kilómetros de San Javier, bajaron mi maleta, me la dieron, y se fueron.

Estaba en la nada, una carretera, puntitos brillosos arriba, y un único foco que me facilitaba la visibilidad, señora luna.

No tenía de otra que caminar, y tener la esperanza de que me den un “aventón” hasta mi destino imprevisto. Nadie lo hizo, el pulgar en ocasiones se resignaba y ni siquiera ayudaba a mi brazo a levantarse.

Hora y media de caminata con una pesada mochila, un morral, y mi maleta, que si no hubiera sido por sus ruedas, no llegaba ni a la mitad de todo el trayecto.
Sed, sueño, cansancio, frustración, y formaciones de ampollas en los pies, quitaban la esencia de mi concepto de “viaje excitante” hasta ese momento.
Luego pensé, medite mientras daba cada doloroso paso esa tenue oscuridad y recordé que cada acontecimiento, por fútil y errado que parezca, pasa a formar parte de mi “aventura”. Así que dejé que una sonrisa se dibujara en mi rostro, di gracias a Dios y continué la ruta.
Pareció como si todo se hubiera alivianado, el dolor disminuyó, se veían casas y un letrero: “Bienvenido a San Javier”, pasaron quince minutos y estaba en la avenida que distaba a diez cuadras de la plaza principal y su iglesia, me sentía un excombatiente arribando a su pueblo.

Llegué a la plazuela y empecé a contemplar el lugar. La plazuela, así como en Santa Ana, se conectaba directamente con la iglesia, con la diferencia que el piso era empedrado, dándole un toque más colonial que barroco. Busqué el alojamiento más cercano, vi uno, al frente de la misma iglesia, su nombre: “Posada El Tiluchi”. No sé por qué, pero tenía que alojarme ahí, sentía un calor similar al de Santa Ana.
Cinco minutos tocando la puerta y nadie abría, no desistiría, ese lugar era mi lugar, creí haber visto otro alojamiento en la esquina, pero no quería estar en otro lugar que en ese.
Abrieron, era un señor de edad avanzada, de camiseta blanca, pantalón corto, regordete y ojos algo hinchados, lo desperté, vi mi celular, eran las 01:34.
Empezó a explicarme con tranquilidad y sin molestia dónde podría hospedarme, me mostró el baño, y me dejó una frase: “Ujte hospedesé nomaj, mañana solucionamos el pago, todo, aquí no pasó nada”. Me dejó y se fue a dormir.

Yo no tenía sueño, tomé mi tiempo, descargué lo necesario de la maleta y me fui a duchar, dejé de lado la calor, mi cuerpo se había acostumbrado a la temperatura de esos lugares.
Salí del baño y fui a seleccionar imágenes de las fotos que saqué, y me puse a descansar.

08:30 Debía comenzar a dibujar, el clima se sentía fresco gracias a las escasas nubes que hacían un buen trabajo, fui a desayunar cuñapés y comencé.

Es preferente estar acompañado con alguien que conoce el lugar a la hora de buscar buenos cuñapés, estos me tocaron bien duros, ricos, pero duros.

Es preferente estar acompañado con alguien que conoce el lugar a la hora de buscar buenos cuñapés, estos me tocaron bien duros, ricos, pero duros.

San Francisco de Javier

San Francisco de Javier

 

Destino no planificado, pero único

Destino no planificado, pero único

 

La calle más transitada que vi en ese pueblo, quedaba a una cuadra de la plazuela.

La calle más transitada que vi en ese pueblo, quedaba a una cuadra de la plazuela.

Unos ancianos se encontraban a metros, observando sentados, viendo con dirección a mí, y yo parado trazando y trazando en mi moleskine. Llegó el mediodía más rápido de lo esperado, pero también tenía un buen avance, no almorcé, no me apetecía nada. Fui a la posada donde me alojé para retirar mi maleta y aprovechar de comprar recuerdos, ya que ese lugar contaba con una tienda de recuerdos.
Conocí a la esposa del dueño que me hospedó: Doña Ester, tierna mujer de unos sesenta y pico que me atendió como si de la nobleza se tratase, Así mismo Don Humberto, el propietario, señor humilde y alegre que me explicaba sobre la cantidad de gente que pasaba por su posada.

La posada en que habité también contaba con una pequeña tienda de artesanías, compré algunos pequeños recuerdos de ese lugar

La posada en que habité también contaba con una pequeña tienda de artesanías, compré algunos pequeños recuerdos de ese lugar

La fachada interior del lugar contaba con varios adornos, entre esos, estos ángeles besucones.

La fachada interior del lugar contaba con varios adornos, entre esos, estos ángeles besucones.

Este ángel chiquitano fue el que más me gustó, por la simetría , por el tamaño y por el fino acabado en madera que tenía.

Este ángel chiquitano fue el que más me gustó, por la simetría , por el tamaño y por el fino acabado en madera que tenía.

No desaproveché, y le di el toque "selfie" a esta publicación

No desaproveché, y le di el toque “selfie” a esta publicación

Me encanta la parte "Y que Dios nos bendiga"

Me encanta la parte “Y que Dios nos bendiga”

Entre charlas, risas, y atenciones demasiado amables, llegué a conocer a sus mascotas: dos pericos, uno de ellos, llamado Coqui, de plumaje colorido, azul turquesa en la cabeza, con manchas oscuras detrás de los ojos, estómago amarillo, verde en la parte de atrás, y toques rojizos por todas partes. Se acercó como si me conociera de toda la vida, Don Humberto lo sostuvo sobre su dedo, y el ave inclinó la cabeza, un ademán para que lo acariciaran, jamás había visto un gesto tan tierno por parte de un loro que para mí era una especie huraña y escurridiza.
Ofrecí mi dedo, y éste accedió fácilmente, en ese instante ofreció su cabeza para sobarlo con mi dedo, me encariñé de ese perico.

Coqui, el loro de Don Humberto y Doña Ester

Coqui, el loro de Don Humberto y Doña Ester

Don Humberto, dueño del perico más manso que he conocido

Don Humberto, dueño del perico más manso que he conocido

Y cómo no aprovechar para sacarme una foto con ave más bella

Y cómo no aprovechar para sacarme una foto con ave más bella

Doña Ester me explicaba las maneras de adentrarme al templo, ya que toda la mañana, esa iglesia mantuvo las puertas cerradas, le agradecí calurosamente y continué mi trabajo.

Debía ingresar por el extremo derecho, dando la vuelta a la iglesia, de esa manera ubicaría la puerta compuesta de rejas metálicas, tuve la bendición de que esta esté abierta, no vi a nadie y me adentré al lugar.
Un pasillo me conectaba a otro, y caminé así como cuatro, todos adornados con ese estilo característico jesuita. Llegué a uno pasillo donde vi gente charlando, tres en total, entre ellos, un señor de tez originalmente blanca, pero rojiza por los efectos del sol en esa zona, constitución gruesa, alto, de cabello claro, acudí a él suponiendo que se trataba del cura de la Iglesia: “Dibuja lo que quieras”, me contestó cuando le expliqué y le mostré el material que tenía. -¿Cómo se llama? Indagué. –Edgar el gordo, contestó con un acento notoriamente extranjero. Y me aventuré al templo que quedaba a metros de ese pasillo.

El interior de esta iglesia también tenía una pulcritud admirable.

El interior de esta iglesia también tenía una pulcritud admirable.

 

El interior de la iglesia contaba con lindos espacios como ese pequeño hornito techado en medio de pasto.

El interior de la iglesia contaba con lindos espacios como ese pequeño hornito techado en medio de pasto.

Esta iglesia era la única que contaba con un pequeño cuarto en la parte trasera, llamada bautisterio, en el que se encontraban dos pequeñas puertas. una al frente de otra.

Esta iglesia era la única que contaba con un pequeño cuarto en la parte trasera, llamada bautisterio, en el que se encontraban dos pequeñas puertas. una al frente de otra.

El interior de la iglesia de San Francisco de Javier

El interior de la iglesia de San Francisco de Javier

El retablo con sus pinturas en alto relieve

El retablo con sus pinturas en alto relieve

Me había ido de maravilla, terminé los dibujos y era relativamente temprano, 17:00, mi flota para Concepción partía a las 18:30 y llegaría a las 19:40, casi 20. A mi consideración fue algo costoso despedirme de doña Ester y don Humberto que me habían tratado tan bien, y que incluso guardaron mis maletas, pero preferí no dar más vueltas, bendecirlos y decir adiós.

Por primera vez pude ver cuñapés  en preparación, no pude evitarlo y me compré un par

Por primera vez pude ver cuñapés en preparación, no pude evitarlo y me compré un par

Me despedía de San Javier, extrañaré esta tierra

Me despedía de San Javier, extrañaré esta tierra

Última vista del lugar, con la flota que me llevaría a Concepción.

Última vista del lugar, con la flota que me llevaría a Concepción.

Ya en la flota, me senté a lado una mujer de pollera, una chola, ella en la ventana, y yo a su izquierda. –Buenas tardes, ¿para dónde va usted, va hasta Concepción? le pregunté –Sí, hasta ahí estoy yendo — me contestó.
Eso me aliviaba, ya que, en caso de dormirme, si ella bajaba, debía despertarme, pedir permiso y salir, de esa manera me despertaría y saldría junto con ella, no habrían más accidentes.

También el sueño pudo más en esta ocasión, pero era un sueño alerta, como que un ojo cerrado y el otro entre abierto, como un ninja. Pasó una hora y sentí que la flota se detuvo, estábamos cerca. Pasaron quince minutos y estábamos en Concepción, mi último destino.

Al bajar, y al desempacar, me di cuenta que este pueblo estaba más iluminado que los anteriores que pude visitar por la noche, me dispuse a preguntar que para dónde quedaba la plaza principal, un joven me señalo que era doblando en “S”, después de caminar recta esa calle por dos cuadras, en definitiva, necesita el GPS de mi celular, era complicado entender las explicaciones cuando no te acostumbras a ellas, mi celular estaba muerto una vez más.

Mi naturaleza impidió recurrir a más personas para consultar, afortunadamente vi un alojamiento al frente mío después de mi extenuante caminata “La Pascana”, me aproximé y pregunté si tenía cuartos, la señora, ya madura, de piel clara, cabello corto, gesto indiferente y palabras bien audibles, me mostró el cuarto al que podía acceder, el precio era demasiado comparado a los demás, pero ya no podía reponer ni buscar, un bicho de rutina me había picado, y accedí sin más que decir.
Tenía todas las dependencias, excepto televisor, tampoco me hacía falta, tenía harto material por seleccionar, así que me puse manos a la obra con música y el zumbido grave que lanzaba el ventilador. Eran las 23:00 cuándo me fijé el celular, una hamburguesa, una limonada y una duchada, fueron las últimas acciones de esa noche previo a mi descanso.

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