San Rafael de Velasco, pueblo pulcro y amistoso



Lunes, 29 de septiembre

Escucho levemente el sonido del despertador en mi celular, 06:30, vuelvo a dormir.
De repente , alguien abre la puerta y la cierra súbitamente, haciendo que me levantara. Eran las 06:50, mi flota partía a las 07:00.
Aceleré cuanto pude (gracias a Dios la miniterminal quedaba a tres cuadras). 07:03. Llego y parto en un oxidado micro con dirección a San Rafael de Velasco.

Arribé en las cuatro horas que me dijeron, eran las 11:15. Me encontraba en la plaza principal del pueblo, y al frente, se podía ver el patrimonio, una bella edificación característica de las misiones, de las que había visto en la tele. Con un campanario hecho de madera en su totalidad, con cuatro columnas y escalones en caracol al medio con el estilo barroco bien definido.

Sólo contaba con esa tarde para dibujar las diez hojas que me había propuesto, al día siguiente partiría para Santa Ana de Velasco. Era hora de buscar alojamiento.


Bastó una persona de la misma plaza para decirme que el alojamiento se encontraba al otro extremo de la iglesia. Alojamiento “La Paradita”.

Fue un hombre mayor de edad quién me señaló que mi cuarto era el número “dos”. . .”el que no tenía llave”, le puse un gesto de justificada disconformidad, a lo que inmediatamente me dijo que nadie más habitaba en este alojamiento aparte de su padre. Tuve que aceptar ya que la calor y la sed me asfixiaban (sin contar las necesidades naturales).

Apenas duchado y saciado, me encaminé a la iglesia, primeramente para hablar con el o la encargada del lugar para que me autorizaran dibujar su interior fuera de los horarios de oficina. Tuve que ingresar por un lado (el que da al campanario), por un despejado y lindo pasillo. Fue tanta la distracción del lugar que no logré fijarme en la madera empotrada a la altura del pie que daba a la entrada de la oficina principal. Pulgar e índice machucados como recibimiento de San Rafael.

Apareció una señorita; la encargada, quien fue clara al decirme que vuelva en la tarde para dibujar el interior, pero lo dijo con una amabilidad, que llegué a sentirme como un intruso hostigador.

No hubo de otra más que dibujar a la intemperie, con un sol sofocante, en una plaza infestada de hormigas, mosquitos, e insectos que no había visto antes.

No almorcé, el hambre no era un factor indispensable en esos momentos, la sed, sí, confieso que debo haber gastado tres veces más en líquidos de lo que me habría costado un buen almuerzo.
Continué dibujando. Llegó la tarde, y con eso, era hora de dibujar el interior. El tiempo pasó volando, y la noche se asentó; no había terminado todos los dibujos.

 

Y esa misma noche, se celebró misa, yo me quedé en las afueras para dar los últimos toques a mis dibujos, acompañado de cuñapés, mate y una luna radiante.

21:33 me había cansado más de lo normal. Estaba listo para ir a descansar en la habitación sin llave. Al llegar a la habitación, no me había percatado que éste no contaba con ventilador, las camas eran duras, sentía la oscura presencia de mosquitos por todas partes y en las paredes se denotaban orificios que no inspiraban confianza.
Para colocar la fresa en el pastel (el cherry de la torta), uno de los orificios (uno grande) conectaba directamente a la habitación de al lado, en la que se habían hospedado una familia; padre, madre, hijos, e “hijito”, éste último tendría alguna enfermedad que no evitaba que llorase, y llorase, y llorase. Y ese orificio no evitaba que escuchara, escuchara, y escuchara.

Los mosquitos también formaban parte de la conspiración “Brian never sleep”, se encargaron de hacer que mi noche fuera eterna; calor, llanto, mosquitos: “conspiración exitosa”.

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