Santa Ana de Velasco, lugar chico de corazones grandes.



Martes, 30 de septiembre

Aún no logro explicar cómo es que logré levantarme a las 06:30 sin dificultades, ni sueño, ni comezón por las picaduras, menos cansancio. Creo que mi cuerpo y mente congeniaron para huir de ese lugar lo más antes posible.

Siguiente destino, Santa Ana, bus que lo tomé de la misma plaza, partiendo a las 07:03.
Fue en el trayecto que entendí como mi cuerpo compensaría el sueño que le faltaba conciliar.
Llegué a la plazuela principal de Santa Ana una hora después, no había completado el sueño todavía y lo primero que quería, era un buen alojamiento, fue así que pregunté a la primera persona que vi, y que coincidentemente tenía alojamiento, Don Tito Rocha, pero éste se hallaba a tres cuadras de donde nos encontrábamos.
No fui exigente una vez más, pero tenía una esperanzadora corazonada, y acepté. Don Tito se ofreció a llevar mi equipaje en la motocicleta que le acompañaba mientras yo le alcanzaba caminando.

La distancia de el alojamiento a la iglesia era marcado por uno de estos caminos de tierra

La distancia de el alojamiento a la iglesia era marcado por uno de estos caminos de tierra

 

 

05 Iglesia de Santa Ana de Velasco (interior)

El interior de la iglesia de Santa Ana de Velasco, es el que menos modificaciones ha sufrido, incluso, la misma edificación no fue culminada por los Misioneros Jesuitas, sino, por los aborígenes del lugar

03 Iglesia de Santa Ana de Velasco

Aproveché y pedí por favor a uno de los niños del lugar que me sacara una foto

Desde mi llegada a Santa Ana, sentí un ambiente diferente, una sensación que no experimenté en ningún otro lugar hasta ese momento; no sólo por la poca cantidad de gente y la pequeña extensión que ocupaba ese pueblo. Era mi alma la que se sentía reconfortada por estar ahí, y ya entendí el por qué después.

Llegando al alojamiento, ubico a Don Tito (el lugar no era tan alejado como creía), él me mostró el cuarto: tenía dos camas, colchones seminuevos, ventilador, televisor con antena, electricidad (obviamente),puerta divisible, ventana con malla antimosquitos sin contar el baño con su ducha, todo esto en una construcción casi nueva: un sueño por cuarenta bolivianos la noche. No lo dudé, me alojé y me fui a dibujar.

Aproveché esa fresca mañana en la plaza para dibujar uno de los patrimonios jesuitas que menos modificaciones ha recibido, y que incluso, no fue culminado por jesuitas, sino por los del pueblo. Ese lugar no contaba con una plazuela bien definida, no se podían encontrar los límites con respecto a aceras, eso la volvía mágica; una fusión de banquetas, toborochis, pasillos con pasto conectados a un templo de otra época.

Acabados ya los dibujos del exterior, decidí adentrarme para dibujar el templo por adentro, pero claro, debía pedir permiso, fue así que conocí a Doña Trinidad, encargada principal de turismo a nivel misiones.
Una mujer de edad no tan avanzada, tez morena, constitución delgada, cabello recogido, voz y mirada pasivas. Me autorizó sin inconveniente alguno entrar para continuar con mi trabajo. Allí dentro conocí a Doña Flora, cándida mujer cuidadora de la iglesia, con ella charlé mientras dibujaba.

06 Vista desde el coro (Iglesia de Santa Ana de Velasco)

El coro de la mayoría de estas iglesias eran ocupados por los músicos, esto, en el tiempo de su utilización

Se hizo el medio día, y yo debía retirarme para volver a las 14:00. Hacía calor en extremo, yo opté por ir hasta mi cuarto a refugiarme, allí edité y seleccioné las fotos y videos que estaba recabando. Olvidé almorzar, me quedé dormido.

Me levanté a las 14:25 creyendo que me encontraba en otro lugar, al caer en la cuenta, volví rápidamente para la iglesia, estuve siendo guiado por Doña Trinidad y esa tranquila pero audible voz casi toda la tarde. Llegué a entrevistarla con grabación incluida, llegué a conocer el único órgano que perduró a través de los años, ubicado en el coro de la iglesia, reliquias sin igual.
Algo que llamó mi atención, fue el ver pequeñas siluetas voladoras entrando y saliendo casi por todo lado del templo, asumí que eran pájaros, Doña Trinidad me aclaró que esas bellas sombras se trataban de murciélagos. De todas las criaturas que pueblan este planeta, son los murciélagos y las arañas de quienes siempre dudé sobre su diseño con respecto a su apariencia, son escalofriantes, preferí seguir creyendo que eran aves.

Por un momento, salí de la iglesia, vi un niño, Luis me dijo, se llamaba Luis. Llevaba un violín en la mano, me presenté, le pedí ayuda con la cámara con una previa y fugaz clase, aproveché y le saqué fotos con su instrumento. Posé frente a la puerta principal de la Iglesia, el violinista se encontraba a 30 metros tomando las fotos. En uno de esos momentos, sentí “aves” cerca de mi espalda, no medí, corrí y llegué a descubrir habilidades voladoras ocultas en mí.

El niño Luis, el violinista con talento múltiples, entre ellos, la fotografía

El niño Luis, el violinista con talentos múltiples, entre ellos, la fotografía

Yo, ehuyendo de las ratas voladoras del lugar

Yo, huyendo de las ratas voladoras del lugar

Sin duda, Luis tiene talento sacando fotos con gente huyendo. Se volvió mi amigo.

La tarde se acababa, y con ella, mis dibujos. El silencio del pueblo me recordaba las caminatas nocturnas del trabajo hasta mi casa. La calidez con la que me recibieron trajo a mi memoria el trato en mi hogar. Y los pequeños haces de luz ocasionados por el ocaso que penetraba en la iglesia, resucitaron los tiempos en los que vivía con mis abuelitos en la infancia.

Despedí a Doña Trinidad como si la hubiera conocido hace años, con un beso en la mejilla, no lo esperaba, ni ella ni yo, pero no pude evitarlo, el pedido de su correo, nombre completo y datos (para enviarle un dibujo) no bastaron para agradecer el bello trato que recibí. Doña Trinidad Méndez de Santa Ana de Velasco, que tenga una hermosa semana.
Casi al llegar a mi habitación, noté que Don Tito también llegaba con un bote en la mano, era repelente de insectos, el servicio se volvió excepcional en Santa Ana. Tuve que abandonar el lugar por media hora, decidí dar un paseo más.

La noche estaba estrellada y tiritaban azules los astros a lo lejos, para mí, ese verso, no era nada triste, y menos en ese lugar, en ese momento. Oraba y agradecía a Dios por permitirme conocer esos lugares que me daban una paz que pocas veces había experimentado en lugares desconocidos, y que ahora se volvía en otro hogar más.

Estaba listo para despedirme de Santa Ana, di las buenas noches con aroma de “hasta pronto” a todo lo que me rodeaba. Sentía que un rincón de mi alma, en un recóndito espacio allí adentro, un pedacito de mi ser se había enamorado de ese pueblo, pueblo chiquito, pueblo de Santa Ana.

Una de las palmeras de la zona, ese pueblo lindo que me dejó con ganas de visitarlo nuevamente

Una de las palmeras de la zona, ese pueblo lindo que me dejó con ganas de visitarlo nuevamente

La flota que me llevaría al siguiente destino, San Ignacio de Velasco

La flota que me llevaría al siguiente destino, San Ignacio de Velasco

Pueblo añorado el de Santa Ana de Velasco, un pedacito de mi alma se queda allá.

Pueblo añorado el de Santa Ana de Velasco, un pedacito de mi alma se queda allá.

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